Día 6º: 23 Ago: Cork, Blarney, Cobh, Kinsale.

RUTA DEL DIA:

Cork – Blarney Castle: 10 kms.

Blarney Castle – Cork: 10 kms.

Cork – Cobh: 22,10 kms.

Cobh – Kinsale: 52,90 kms.

Kinsale – Cork: 27 kms.      TOTAL: 122,00 KMS.

Después de tomar el muy básico desayuno del Kinlay House Hostel, café o te y tostada con mantequilla o mermelada, nos dispusimos a comenzar un nuevo dia turístico.

Nuestro Hostel se encontraba al lado de la Iglesia de Santa Ana, en el barrio de Shandon. Y esa debía ser la primera visita del día. Sin embargo, era domingo, y la iglesia no habría hasta las 11:30 h. con lo que decidimos visitar primero el Castillo de Blarney y luego regresar a Cork, para visitar esta iglesia.

Cork (en irlandés Corcaigh, derivado de corcach, “marisma“), se localiza sobre el río Lee que por un corto tramo se bifurca en dos canales, creando una isla en la que se levanta el centro de la ciudad. El puerto de Cork es el segundo puerto más importante del país y uno de los puertos naturales más grandes del mundo.

Esta ciudad creció en el siglo VI alrededor de un monasterio fundado por San Finbar. En el siglo VIII, la ciudad fue invadida por los vikingos, que establecieron un asentamiento en el año 846. Ya en el siglo XII fue invadida por los anglo-normandos y en el año 1185 obtuvo la carta de ciudad concedida por el príncipe Juan. En el siglo XIII comenzó a amurallarse.

Durante la edad media alcanzó un gran desarrollo a traves de la intensa actividad comercial de su puerto. En 1491, la ciudad participó en la guerra de las Rosas cuando Perkin Warbeck, que decía ser Ricardo de Shrewsbury, segundo hijo varón de Eduardo IV, llegó en busca de aliados para derrocar a Enrique VII. Pero la rebelión fracasó y el alcalde y otros ciudadanos importantes de la ciudad fueron ejecutados. Con motivo d eesta guerra se apodó a la ciudad como “la ciudad rebelde“.

Una curiosa descripción escrita en 1577 define a Cork como “la cuarta ciudad de Irlanda… donde tienden a vigilar las puertas a cada hora… no confían en el país que colinda y se casan solamente entre ellos, para que la ciudad toda quede unida en afinidad”.

Entre fines del siglo XVII y principios del XVIII, protestantes franceses, los hugonotes, llegaron a Cork huyendo de la persecución religiosa de Luis XIV de Francia. De ese periodo son muchos de los edificios de estilo georgiano que se conservan en la ciudad.

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Pues bien, dejamos para la tarde la primera visita de Cork. Ahora nos dirigimos hacia el Castillo de Blarney, que se encuentra a unos 10 kilometros de aquí. Este castillo fue construido por Cormac McCarthy hace casi 600 años.

La entrada al castillo cuesta 13,00 €. Dejamos el coche en el parking habilitado para ello. Junto al parking se encuentran las taquillas. Después hay un paseo de unos 300 metros hasta llegar al castillo. Un sendero en el que vemos que a los arboles que lo circundan le han puesto una especie de calcetines de crochet.

El entorno del castillo es de un verdor exhuberante. Llegamos al castillo, que se encuentra parcialmente destruido quedando la torre del homenaje y algunas habitaciones.

El elemento más famoso del castillo es la Piedra de la Elocuencia, o Blarney Stone. Según la leyenda, esta piedra formó parte de la Piedra de Scone, o piedra del destino. Esta piedra se conservaba en la Abadia de Scone, derruida y sustituida por el Palacio de Scone, cerca de Perth (Escocia). Ese bloque de arenisca se empleaba en la coronación de los reyes escoceses durante la Edad Media.

Pues bien, se dice que un fragmento de esa piedra fue regalado a Irlanda por Roberto I de Escocia, Sir Robert the Bruce, en 1314, en agradecimiento por el apoyo recibido en la batalla de Bannockburn. Los propietarios del castillo tienen diferente explicaciones sobre el origen de la piedra y sus supuestos poderes: Que si la piedra que Jacob usaba para dormir y que trajo a Irlanda el profeta Jeremías; que si la almohada usada pos Santa Columba de Iona, en su lecho de muerte, que si era la Piedra de Ezel que el rey David ocultó por consejo de Jonatan, mientra era persequido por Saul y que llegó aqui por las Cruzadas; que si la piedra que Moises toco con su bastón haciendo manar agua para que bebieran los israelitas en su éxodo de Egipto, …

El caso es que la piedra se encuentra en lo alto de la Torre del Homenaje y para acceder a ella, es preciso tumbarse de espaldas y girarse hacia atras para besarla y según parece obtener el don de le elocuencia. Hay unos barrotes y un buen hombre que te ayuda a incorporarte. La verdad sea dicha no note más elocuencia en mi mente despues de besar la roca, que por otra parte ya podrian haber colocado en un sitio más accesible.

La subida a la cima del castillo es bastante azarosa, pero tambien tiene su encanto. Se pueden ver los escalones y algunos salones semiderruidos. Debajo de la torre del castillo hay una gran cantidad de galerías y estancias, algunas inaccesibles. Una leyenda dice que, cada noche, una bruja escapa del castillo y vaga errante  por los alrededores, aunque al llegar el día vuelve a esconderse en las mazmorras.

Por otra parte, las vistas desde arriba del entorno del castillo son espectaculares. Una gran abundancia de árboles y hierba verde parecen resurgir como una leyenda. Los jardines arbolados y las pasarelas de alrededor se conservan perfectamente.

A los pies de la Torre del Homenaje, en los jardines que la rodean una orquesta de música ofreció una actuación a los visitantes. Estos jardines tienen una parte de hierbas aromáticas y medicinales, algunas hasta venenosas, rodeadas por una jaula, pra que a nadie le de por tocarlas.

Casi tan interesante o más que la visita del castillo es pasear por los bosques de alrededor. Unos bosque casi mágicos, con árboles milenarios, arroyos y cascadas de una espectacular belleza. Se trata del Rock Close, que el escritor Croften Crocker en su libro “Investigaciones en el sur de Irlanda” de 1824 describía asi:

“En este lugar romántico, la naturaleza y el arte (una combinación poco común en los terrenos de placer) han ido de la mano. Se han aprovechado las circunstancias accidentales para formar combinaciones de buen gusto y características; y al principio es realmente difícil determinar qué es natural y qué es producto del diseño. La ilusión se ve incluso realzada por el descuido total actual. Llegas inesperadamente a este pequeño rincón sombreado y te paras en una terraza natural sobre el río, que se desliza con la mayor calma posible debajo. Aquí, si te sientes inclinado a la contemplación, un sofá rústico de roca, adornado con musgo y hiedra, está a tu servicio; pero si los sentimientos aventureros te instan a explorar más, se descubre un pasaje casi oculto, excavado irregularmente a través de la roca sólida, que desciende por un rudo tramo de escalones de piedra, llamados “Pasos de los Deseos”, y emerge sul margine d’un rio, del cual dependen algunos árboles ligeros y elegantes. De hecho, es una escena de hadas, y no conozco ningún lugar donde pueda imaginar a estos pequeños duendes celebrando su juerga a la luz de la luna. “

Eran las 12 del mediodía y como nuestro desayuno había sido bastante frugal, teniamos ya otra vez hambre así que antes de dejar Blarney entramos en la cafetería junto al castillo y nos tomamos un snack, consistente en un bagel con embutido calentito con patatas fritas.

Regresamos de nuevo a Cork y, ahora si, visitamos la St. Anne Church, de Shandon. Este peculiar iglesia se construyó en 1772. Llama la atención por el ladrillo rojizo de su fachada y la imponente torre campanario con ocho campanas de unas seis toneladas de peso cada una. La construcción de la torre fue financiada por la familia Mc Osterich. Y cada vez que un miembro de este clan se casa, en cualquier parte del mundo, las campanas de esta torre repican en su honor.

Se puede subir a la torre y, desde todo lo alto, se pueden ver unas magníficas vistas de la ciudad. Las Campanas de Shandon son muy populares en todo el condado. Emiten unos sonidos de lo más peculiares. Llega hasta tal punto que suelen emitir notas de la famosa canción de Europe, “The Final Countdown“. Algo para nada extraño en una ciudad cuyos habitantes se declaran devotos del rock.

Y otra peculiaridad más. Es posible tocar estas campanas y componer melodías. Para ello encontramos un artilugio con cuerdas numeradas, desde el que se dirije el toque de campanas. Cada numero toca una campana. Al lado hay un libro con melodías. Siguiendo las instrucciones puede convertirte en el campanero, por unos momentos.

En el exterior la torre, que se la conoce como The Shandon Steeple, tiene cuatro caras de las que dos lados son de piedra arenisca y los otros dos de piedra caliza. En cada una de esas caras hay un reloj distinto y cada uno de ellos marca una hora diferente. Por esta curiosidad los locales conocen la torre como “el mentiroso de las cuatro caras“.  En todo lo alto de la torre, que algunos llaman también “el tarro de pimienta” se encuentra una veleta en forma de salmón que representa la tradición pesquera de la ciudad.

Las vistas desde lo alto de la torre son extraordinarias. Desde aquí se ve el edificio circular del teatro Firkin Crane o más lejos la Catedral de Saint Fin Barre,  de estilo neogótico. Y también la iglesia católica de St. Mary. En realidad se domina toda la ciudad al ser este el punto más elevado de la misma.

Terminada la visita a la St. Anne’s Church del barrio de Shandon en Cork, tomamos el coche y nos encaminamos hacia Cobh, a 22 kms en dirección hacia la ría de Cork.

En el siglo XIX cambió su nombre al de Queenstown, tras la visita a la ciudad de la Reina Victoria de Inglaterra. Este nombre se mantuvo hasta la declaración de independencia de Irlanda en 1922.

Cobh es una ciudad que siempre ha estado ligada al mar. En 1720 se fundó el Royal Cork Yacht Club (RCYC), el primero de su clase en el mundo. Tambien fue un puerto estratégico durante las guerra napoleónicas. El 22 de abril de 1838, zarpó de Cobh el buque Sirius, que hizo la primera travesía de un barco de vapor con pasajeros por el Océano Atlántico. A partir de entonces, fue el principal puerto de salida de emigrantes irlandeses hacia los Estados Unidos y Australia. Y el día 11 de abril de 1912, Cobh se hizo muy célebre al ser el último puerto de escala del transatlántico RMS Titanic. Aquí subieron al barco 113 pasajeros de tercera clase y 7 de segunda clase, y se bajaron otro siete, entre ellos el padre Francis Browne, quien tomó muchas fotografías del barco, incluyendo la última conocida antes de su hundimiento.

Cuando llegamos a Cobh, era ya cerca de las cuatro de la tarde, y no habiamos almorzado aun. Asi que lo primero que hicimos fue buscar un lugar para comer: dejamos el coche en unos aparcamientos junto al puerto y cerca de allí encontramos un buen lugar para satisfacer nuestros hambrientos estómagos.

Tomamos un rosbif muy sabroso. Y, ya lo habíamos advertido en estos dias pasados, pero aquí lo confirmamos: “Hay que ver lo que le gustan a los irlandeses las patatas”.  Para acompañar al nuestra comida nos ponen un plato con una especie de patatas aliñadas. El Rosbif viene con puré de patatas y smashed potatoes (esto consiste en unas patatas cocidas que luego machacan y hacen tortas que enharinan y fríen), de guarnición. Y, para colmo, la camarera nos pregunta si queríamos unas patatas fritas. Yo le espeté: “More potatoes?“. Sin duda, es el producto nacional del país.

El skyline de Cobh se encuentra dominado por la imponente Catedral de San Colmán. Iglesia católica cuya construcción comenzó en 1867, terminándose en 1914, 47 años después. Desde aqui se observa una espléndida vista de la ciudad y la ría de Cork. Mejor aun es la vista si queda acompañada con las melodías que ofrece el enorme carillón de 49 campanas de la catedral. El más grande de toda Irlanda y Gran Bretaña.

Del exterior del templo hay que admirar la maravillosa fachada con diseños neogóticos, los altísimos chapiteles, o las grotescas gárgolas. Así como los santos que están sobre las puertas o los complicados adornos de las ventanas. Los principales arquitectos de esta obra fueron Edward Welby Pugin y George Ashlin.

El exorno interior no desmerece en nada al exterior. Hay que fijarse en los elegantes arcos que llegan hasta el altar principal y los elaborados grabados que muestran representaciones religiosas que van desde la época de San Patricio hasta nuestros días.

Junto a la catedral, podemos ver una calle de pronunciada pendiente que va descendiendo hasta el puerto, con una gran hilera de casas de colores. Se trata de las Deck of Cards” Houses, o las casas de la Baraja de Cartas. estas casas se construyeron en 1850, su nombre viene, de que dicen por aquí que si cayera la casa del fondo, las demas se apilarían sobre ella, como una baraja de cartas.

Descendimos de nuevo hacia el puerto alcanzando el Paseo Marítimo o Promenade. Aquí se conserva el pequeñito muelle de madera original del Titanic, así como las oficinas de la compañía naviera White Star Line, cuyo edificio alberga hoy un museo sobre el malogrado barco.

La Promenade en realidad se llama parque Jonh Fitzgerald Kennedy. De reciente construcción, tiene un curioso monumento al navegante, cañones antiguos, bancos elegantes y una hermosa glorieta.

A decir verdad, Cobh nos sorprendió muy gratamente. De hecho no teniamos prevista su visita cuando planeamos este viaje. Fue en Cork, donde vimos una fotografia de la ciudad, cuando nos preocupamos por preguntar en la oficina de turismo donde se encontraba esta preciosa localidad.

Dejamos ya Cobh y nos encaminamos hacia el último punto de nuestra ruta del día. Nos vamos a Kinsale, a 53 kms de Cobh. Este pueblo fue durante 300 años una guarnición y puerto de suma importancia, dejando un interesante legado de arquitectura victoriana.

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El punto de inflexión de su historia fue en 1601, con la Batalla de Kinsale. Esta batalla se libró en el marco de la Guerra de los nueve años, en la que los rebeldes irlandeses ayudados por los españoles, se enfrentaron a la corona inglesa. Ganaron los ingleses.

El monumento más representativo de Kinsale es el Charles Fort, uno de los mejores ejemplos de este tipo de fortificaciones del siglo XVII. La fortaleza tiene dos enormes baluartes con vistas a la bahía y tres hacia el interior.

Pero a nosotros lo que  más nos llamó la atención fueron las coloridas calles de su centro histórico. Paseando por esta preciosas callejuelas, cayó la tarde y buscamos un sitio para cenar. Kinsale es famosa por sus bares y restaurantes donde sirven pescados y mariscos. Y así elegimos uno que se llamaba Jim Edwards, donde puedimos degustar platos marineros como unos mejillones rellenos, patas de cangrejo y unas brochetas de gambas. Todo muy rico, pero también un poco más caro de lo habitual.

Despues de la cena regresamos a Cork, que se encuentra a una hora de distancia de Kinsale. Mañana antes de dejar Cork, daremos una ultima vuelta por esta ciudad, que parecía que estábamos visitando por fascículos.

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