Día 1º: 31 Jul: Sevilla – Marsella.

RUTA DEL DÍA:

Vuelo Sevilla -Marsella: 7:05 h. a 9:10 h. Total: 2 h. 5 m.

Tuvimos que madrugar bastante para coger el vuelo a Marsella, pues este salía a las 7:05 h. Esto tiene la desventaja del madrugón pero la ventaja de llegar muy temprano al destino, con lo que podemos disfrutar de la ciudad durante todo el día.

Así que nos levantamos a las 5:00 de la mañana y tomamos un taxi, llegando al Aeropuerto de Sevilla a las 6:00 de la mañana. Tuvimos tiempo para comprar, en la Dutty Free, una botella de Ron y una botellita de aceite de oliva para llevarnos para el viaje.

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El vuelo de Ryanair costó 54,69 €, sin facturación de equipajes y con reserva de asiento. Llegamos después de un tranquilo viaje a las 9:10 h al aeropuerto de Marsella, conocido como Marseille Provence Airport.  A continuación tomamos el Bus L91 que nos lleva directamente a la estación central de Marsella, Gare St. Charles. El precio del trayecto es 8,30 € solo ida o 13,40 € ida y vuelta. la duración del viaje es de 25 minutos.

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Así que llegamos a la Gare St. Charles alrededores de las 10:15 h. Lo primero que hicimos es desayunar, en la misma estación, pues ya nos picaba el hambre. Y posteriormente cogimos el metro en dirección el Vieux Port, muy cerca del cual estaba nuestro hotel.

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Lo cierto es que no pudimos encontrar un hotel mejor situado, en pleno corazón histórico de Marsella, con todos los medios de transportes de la ciudad a pocos pasos. Recomiendo sacar el ticket de transportes por un día, pues es lo más rentable económicamente.

El hotel elegido fue el Hotel Ibis Budget Marseille Vieux Port, en la calle Rue Sainte, 46. El precio de la habitación doble 66,98 €. El desayuno buffet, muy bueno, cuesta 6,95 €. Los hoteles de la cadena Ibis siempre son una buena garantía de relación calidad/precio y este no podía ser menos. Dejamos la maleta en consigna y nos dispusimos a conocer Marsella.

Marsella es la segunda ciudad más poblada de Francia, detrás de París, con un area urbana de más de 1.650.000 habitantes. Tiene el puerto comercial más importante del Mediterráneo y tercero de Europa tras los de Rotterdam y Amberes. Es la capital de la región de Provenza-Alpes-Costa Azul (PACA).

Fue fundada por marineros de la antigua ciudad griega de Asia Menor, Focea, hoy perteneciente a Turquía, hacia el año 600 a. de C., convirtiéndose rápidamente en un importante centro comercial. Durante el siglo XIX fue escenario de un rápido progreso con la expansión colonial francesa hacia Argelia y la apertura del Canal de Suez.

Lugar de paso tradicional de los flujos migratorios que fueron incrementando el carácter multicultural de la ciudad, la crisis económica de los años 70 provocó sin embargo un descenso notable de la población, la pérdida de poder adquisitivo y la acentuación de los conflictos sociales en el último cuarto del s. XX para ir recuperándose paulatinamente como una de las urbes más importantes de la región Euromediterránea.

Pues bien nos encaminamos hacia el Puerto Viejo o Vieux Port, el centro neurálgico de la ciudad. El Vieux Port, se sitúa en un entrante natural del mar. Antiguamente era el puerto principal de la ciudad aunque ahora es un puerto deportivo. El Paseo Maritimo en forma de U, esta repleto de tiendas y restaurantes, estando siempre muy animado. De este puerto parten también las excursiones en barco por la costa marsellesa y también el tren turístico.

En el camino hacia el puerto vamos descubriendo, en los edificios, el tipo de construcción habitual que va a repetirse continuamente durante nuestro viaje por la Provenza. Son edificio de un tono pastel amarillento con ventanales cubiertos por contraventanas de madera, normalmente de color verde, celeste o gris.

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En el Quai de la Fraternité, caracterizado por su gran cubierta a modo de espejo,  todas las mañanas hay un mercado de pescado fresco que los pescadores traen para su venta todas las mañanas.

Aquí en este lugar nunca falta la animación durante todo el día. El trasiego continuo de personas, el mercado de pescado, puestos de artesanía local, artistas callejeros, los ferrys de las excursiones. La actividad es frenética.

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Continuamos bordeando el puerto por el Quai du Port y tras caminar unos 500 metros llegamos al Fuerte de San Juan, o Fort Saint Jean, que protege esta margen del puerto desde el siglo XIII. En el otro lado del puerto se encuentra el Fuerte de San Nicolás. En este siglo, los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén (futura Orden de Malta) se instalaron allí, dando nombre al barrio.

Ellos se encargaron de construir una primera torre, destruida tras el ataque a Marsella de los aragoneses en 1423. Después de este episodio, el rey Renato se decidió a incrementar el poder defensivo del fuerte con la torre cuadrada que puede verse actualmente.  La segunda torre (circular), llamada del Fanal, es posterior, del siglo XVII y fue petición de los armadores y comerciantes marselleses que demandaban una atalaya que permitiese descubrir cualquier navío que se acercase a menos de 20 kilómetros de la costa. El fuerte está rodeado por un foso inundable que mandó a construir Luis XIV para que la fortaleza pudiera quedar aislada de la ciudad en caso necesario.

En el siglo XVIII, el edificio de la consigna era la sede de la Intendencia sanitaria de Marsella, encargada de la prevención de las epidemias y de la puesta en cuarentena sistemática de los barcos. Se construyó un segundo edificio de forma idéntica a lo largo del siglo XIX. En 1720, a pesar de estas medidas, el barco Grand Saint-Antoine propagó la peste en la ciudad y rápidamente en toda Provenza.

Junto al Fuerte de San Juan se encuentra un moderno edificio que ocupa el MuCem, el Museo de las Civilizaciones Europeas y el Mediterráneo. El edificio fue diseñado por el arquitecto Rudy Riccioti. Es un museo dedicado, con exposiciones temporales y permanentes, a las culturas del Mediterráneo y se inauguró en el 2013, cuando Marsella fue Capital Europea de la Cultura. Este edificio se comunica con el Fuerte de San Juan a través de una pasarela peatonal.

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Frente al Fuerte de San Juan, en el otro lado del Puerto Viejo, vemos una colina donde domina un gran edificio. Se trata del Palacio del Pharo, edificio del siglo XIX, levantado por orden de Napoleón III. Desde aquí se puede disfrutar de hermosas vistas de la ciudad. El edificio en la actualidad se utiliza como centro de congresos y convenciones.

Continuando por el Puerto Nuevo de Marsella, llegamos hasta la Catedral de Santa María la Mayor, o coloquialmente La Major. Es un imponente edificio de estilo neorománico-bizantino. Fue construido entre 1852 y 1893 siguiendo los planos de León Vaudoyer. Una época de gran crecimiento económico y demográfico de la ciudad. Se considera como una de las obras religiosas más importantes construidas después de la Edad Media.

Destaca a primera vista el enorme pórtico de entrada, flanqueado por dos torres, al que sigue una gran nave central en torno a la que se agrupan múltiples capillas. Los materiales utilizados en la construcción fueron muy variados; como piedra verde de Florencia, mármol blanco de Carrara, piedras de Calissane y del Gard, onyx de Italia y Túnez o mosaicos venecianos.

El interior extraordinariamente ornamentado con mosaicos al estilo bizantino, lo que recuerda a templos como la Basílica de San Marcos de Venecia, es espectacular. En la nave principal están colocadas las banderas de todas las regiones de Francia.

Son muy bonitos también los mosaicos que conforman el suelo de la iglesia, con trabajados motivos geométricos.

Después de pasear por estos tres monumentos regresamos al Quai du Port, bajando por un acceso directo desde el Fuerte de San Juan. Como hacia bastante calor, para regresar caminando por este paseo, hasta el Vieux Port, tomamos un autobús cuya parada estaba enfrente.

En cualquier caso, es este un bonito paseo, con el puerto deportivo a un lado y numerosos restaurantes de lujo en la otra acera, así como el edificio del Ayuntamiento de Marsella, el Hôtel de Ville, un bello edificio de siglo XVII, ordenado construir por Luis XIV.

Continuamos hasta el Hotel Ibis-Budget, para hacer el check-in y tomar posesión de nuestra habitación en estos dos días. Este hotel tiene la entrada en la calle Rue Sainte, pero también da una fachada, por detrás, a una gran plaza rectangular que se llama Cours Honoré d’Estienne d’Orves.

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En esta plaza, siempre animada, hay varios restaurantes con terraza, y decidimos almorzar en uno de ellos que tenia como menú del día, una riquísima lubina al horno con su guarnición de verduras, a  18 €, que, dado el lugar en el que estábamos, es un muy buen precio.

Después del frugal almuerzo, nos dirigimos hacia uno de los monumentos más antiguos e importantes de Marsella, la Abadía de San Víctor. Desde la Rue Sainte, donde está el Hotel Ibis Budget, hacia a la derecha y en una leve y continua ascensión se llega en unos diez minutos caminando se llega a esta joya de más de 1700 años. El aspecto exterior es más el de un castillo que el de una iglesia.

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Esta abadía se fundo hacia el siglo V, por Saint Jean Cassien, en el lugar donde estaban las tumbas de los mártires de Marsella, entre ellos San Víctor de Marsella  que le da su nombre. En su interior se conservan las reliquias de este santo que fue un militar del ejército romano, convertido al cristianismo y que fue martirizado por su fe, allá por al año 304 o 305.

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La abadía alcanzó una gran importancia en el siglo XI, con gran influencia por toda la Provenza. Uno de sus abades, fue Guillaume de Grimoard, que en 1362 fue nombrado Papa, con el nombre de Urbano V. A partir del siglo XV, la abadía empezó un declive irreversible. Y ya durante la Revolución Francesa fue desmantelado. En 1968 el alcalde de la ciudad Gaston Defferre, hizo emplazar en las criptas de la abadía la rica colección de sarcófagos del siglo IV al V, que tenia la iglesia. Esta transferencia hizo de la abadía de San Víctor el museo de arte del primer milenio cristiano más importante de Provenza después del de Arlés.

La puerta de entrada se encuentra en el lado este de la Torre de Isarn. Dentro del porche encontramos un sarcófago en mármol de Carrara datado entre los siglos IV y V.

La iglesia presenta una nave central con cuatro tramos y dos naves laterales, de estilo gótico que datan de la mitad del siglo XIII.

La parte más impresionante es su cripta a la que se accede, mediante pago de una entrada de 3 €. El acceso se encuentra en la parte posterior del órgano. La cripta sirve de basamento a la parte occidental de la iglesia superior y en ella podemos encontrar en diferentes estratos sarcófagos datados en los siglos IV y V y, también unos interesantes restos de pintura mural del siglo XIII que representan a monjes constructores de la abadía.

Ciertamente, es este un espacio que sobrecoge por la antigüedad e historia que atesora. Indudablemente, merece la pena pagar la entrada para acceder a esta cripta.

La Abadía de San Víctor se alza en una colina desde la que se aprecian unas bellas vistas del Puerto Viejo de la ciudad y el cercano Fuerte de San Nicolás.

El Fort Saint Nicolas fue erigido en 1660, tras una serie de disturbios políticos seguidos de revueltas, por Luis XIV, quien ordenó el envío de tropas y la construcción de una ciudadela “en el lugar de la ciudad que se consideraría el más limpio“, es decir, para permitir la vigilancia de la ciudad pero también su defensa contra un ataque desde el mar. La construcción se realizó en un tiempo récord, en tan sólo 4 años.

Durante la Revolución Francesa, la multitud, sospechosa de la amenaza, tanto física como simbólica, que podía representar el Fort Saint Nicolas, comenzó a destruirlo. Pero la Asamblea Nacional, deseosa de preservar una estructura para la defensa de la ciudad, ordenó que se detuviera la demolición de la fortaleza y comenzó su restauración. En la actualidad la fortaleza alberga el círculo militar y el comedor de oficiales.

En la misma Plaza de San Víctor, se encuentra la panadería más antigua de Marsella, que lleva funcionando desde 1781. Se trata del Four des Navettes. Aquí se pueden adquirir las famosas navettes, un dulce en forma de barquito con un fuerte aroma a azahar. Por supuesto que compramos una bolsa de estos barquitos para probarlos. ¿El sabor?. Es un rosco duro de unos 15 cms de largo, con un intenso sabor a piel de naranja, a mi me gustó, a mi pareja no mucho, cuestión de gustos.

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Bajamos de la colina se San Víctor, pasando junto al Fuerte de San Nicolas y descendiendo por la Rampa de Saint Maurice hasta el Quai de Rive Neu, para regresar al Vieux Port. Durante el camino, consultamos en Google Maps, si había algún medio de transporte que nos llevara desde allí al Barrio de Le Panier, y sí, había uno, el número 49, que desde la calle Rue de Fort Notre Dame, nos llevaba hasta la Place de Lenche. También se puede llegar desde el Vieux Port, con la linea M1 del metro.

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El Barrio de Le Panier se sitúa en el lado norte del Vieux Port y es el barrio más antiguo de la ciudad, situándose sobre una colina. Es aquí donde se establecieron los fundadores de la ciudad hasta el punto de la Place de Lenche está ubicada donde se encontraba el ágora griego.

Desde el siglo XVII se convirtió en un barrio de clase trabajadora, cuando la emergente burguesía se fue trasladando a otras zonas de la ciudad. En el siglo XIX se convirtió en un barrio de pescadores y armadores, adquiriendo cierta mala reputación con la llegada de inmigrantes napolitanos y corsos. En la actualidad siguen viviendo muchos inmigrantes en esta zona. Pero desde hace unos años, se ha ido rehabilitando el barrio y hoy en día dista de ser un barrio conflictivo, como era antes, las fachadas son pintorescas, están pintadas con curiosos graffitis murales y los artesanos y alfareros han regresado a sus calles para abrir tiendas, comercios, bares, cafeterías y restaurantes, lo que hacen del lugar un sitio muy animado.

El edificio más destacado en este barrio de Le Panier, es L’Hospice de la Vieille Charite. En este lugar antiguamente se ofrecía alojamiento a vagabundos. Posteriormente se transformó en un Hospicio para ancianos y huérfanos. Se construyó en el siglo XVII y lo que llama más la atención es la Capilla Puget, que toma el nombre de su diseñador Pierre Puget, con su cúpula ovoide. En la actualidad es un centro cultural con exposiciones itinerantes.

Alrededor de la capilla se sitúa un edificio rectangular con con tres niveles de galerías porticadas. El conjunto es bastante hermoso y de gran simetría y armonía clásica.

En la cercana plaza de la Rue des Pistoles, nos sentamos en una terraza de un coqueto bar para tomar unos refrescos con unas crêpes rellenas de pasta de castañas muy ricas. Después de este refrigerio, caminamos hacía la Rue de la Republique donde tomamos el tranvía T2 que nos lleva hasta la Rue Canebiere.

La Rue Canebiere, es la principal arteria comercial y financiera de Marsella. Aquí se ubican diversos hoteles, oficinas, entidades bancarias, tiendas y grandes almacenes, cafeterías, … También se encuentra aquí el edificio de la Bolsa y el Museo de la Moda.

La larguísima calle desemboca en el Vieux Port. Y llegados a este punto, serían las 18:30 horas y decidimos retirarnos al Hotel, que tan cerca teníamos a descansar un rato, pues hacía bastante calor, para recobrar fuerzas y continuar a la caída del sol con la visita a la ciudad.

Después de descansar un rato, tomar un té y probar las famosas navettes, continuamos el paseo por Marsella. El recorrido ahora iba a seguir por la Corniche, el gran paseo marítimo de Marsella, que recorre la Corniche de John Fitzgerald Kennedy hasta el puerto de Vallon des Auffes. Desde aquí se puede ver el archipiélago de las islas Friuli y el Castillo de If, pasando por el Palacio del Pharo.

Se puede hacer este paseo caminando, lo que supone un recorrido de unos 3 kms. o tomar el bus numero 83 que nos lleva hasta el puerto de Vallon des Auffes y que también para en el Pharo. Nosotros escogimos la segunda opción.

Nuestra idea era ver el atardecer por este paseo y cenar el el encantador puerto de Vallon des Auffes. Este es un precioso puerto pesquero tradicional. Alberga unas 50 casas de pescadores y varios restaurantes. El pequeño puerto queda protegido por un muelle de rocas de unos 100 metros de largo.

Desafortunadamente, no pudimos cenar aquí, pues los dos restaurantes que hay estaban completos, había que haber hecho una reserva previa para poder cenar. Y otro bar que había, tampoco fue posible pues nos dijeron que buscáramos un hueco fuera y nos traían la comanda, pero no fue posible encontrar sitio alguno. Así que nuestro gozo en un pozo.

Pudimos disfrutar, eso si, de un maravilloso atardecer y después de ello, volvimos a tomar el bus 83, para regresar a nuestro ya querido Vieux Port. Cenamos en un Mc’Donald’s, pues ya era demasiado tarde para buscar un sitio mejor y nos fuimos a descansar. Al día siguiente continuaremos explorando esta gran ciudad.

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