Día 15º: 18 de Agosto: DUBROVNIK.

Y llegó el día de visitar Dubrovnik. Desayunamos en el propio Alojamiento. La Villa Jozefina, tenia instalada en su patio una cocina completa a disposición de los clientes. Así que solo tuvimos que ir a un supermercado cercano a comprar lo necesario para tomar un buen desayuno. Una vez desayunados nos dirigimos hacia la ciudad vieja de Dubrovnik para su visita. En Dubrovnik un gran problema es el aparcamiento. Imposible aparcar en la calle, es necesario buscar un parking vigilado. El más cercano, junto a las murallas, es el del Hotel Hilton Imperial. Pero aparcar allí es un auténtico atraco, ¡¡10 euros la hora!!. La mejor opción está en un aparcamiento de varios pisos en la calle Ilijina Glavica, bien situado para las personas que entran a la ciudad desde el oeste, aunque desde alli hay una buena caminata hasta el casco histórico, por unas empinadas calles. Se puede coger también, desde allí, un bus lanzadera que lleva hasta la misma puerta de Pile.

Dubrovnik es uno de los centros turísticos más importantes del mar Adriático. Se la conoce como “la perla del Adriático“, “la Atenas eslava“, ya que sus antiguos habitantes la distinguían como única, en una región llena de tanta barbarie, donde proliferaron grandes exponentes de la humanidad de las artes y ciencias. Capital del condado de Dubrovnik-Neretva. Dubrovnik es una ciudad rodeada de murallas y fortificaciones, al pie de la montaña de San Sergio, que cae a pico sobre las aguas del Mediterráneo. En 1979, la ciudad antigua de Dubrovnik (el recinto amurallado) fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco; la declaración fue ampliada en 1994.

La ciudad ha sido magníficamente reconstruida después de los numerosos daños que sufrió por la guerra de los Balcanes entre 1991 y 1992. Un cartel a la entrada muestra los edificios que fueron dañados por los bombardeos durante el asedio. Con un triangulo negro se marcan los edificios dañados, que fueron la inmensa mayoría. Sobrecogedor.

La entrada natural al recinto fortificado que compone la ciudad vieja se realiza por la Puerta de Pile. Puerta monumental precedida por un puente levadizo. Sobre el pórtico hay una imagen de San Blas, el patrón de Dubrovnik.

Las murallas que rodean Dubrovnik nos hacen sentir como si viviéramos en tiempos pasados, en una ciudad amurallada que rebosa de esplendor. En verano el calor en esas murallas puede llegar a ser sofocante, así que recomiendo hidratarse bien y a ser posible, hacer la visita a primera hora del día.

Al comenzar el itinerario de esta visita, la cual os recomiendo empezarla por la izquierda, nos encontraremos con una fachada marítima. Desde ese punto es impresionante la perspectiva de la calle Stradun y la Fuente Grande de San Onofrio. La primera torre cuadrada con que nos topamos forma parte del conjunto de doce torres que se añadieron en el siglo XIV. La primera que da al mar es la torre y Fuerte Bokar (Siglo XV) que permitía vigilar el acceso occidental y la Puerta Pile. Constituye junto a los fuertes de San Juan y Revelin y a la torre Minceta los cuatro sitios clave en la defensa de la ciudad. Desde el Fuerte Bokar, renacentista, diseñado por Michelozzo Michelozzi se divisa la Fortaleza Lovrijenac.

La Torre Minceta data del s.XV. Compensa el esfuerzo de subir hacia esta torre, admirar las magnificas vistas de la ciudad.

Hacia el sur las murallas son más finas que las interiores, sin embargo la defensa se apoyaba entre las atalayas, las troneras y los 120 cañones que defendían a la ciudad de los atacantes. Luego, tras pasar el bastión Mrtvo Zvono, podemos avistar el islote de Lokrum y la parte más antigua de la ciudad, con sus bonitas callejuelas con edificios de desordenada arquitectura y la estatua de San Blas.

Acto seguido, llegaremos al fuerte de San Juan desde el que se vigilaba la entrada de la bahía junto a la torre de San Lucas, que se encuentra al otro extremo.                                                                                                    
La zona norte de la muralla es mucho más ancha que el resto y es por donde se vivían los ataques más peligrosos. En esta zona defensiva sobresale la imponente torre Minceta, que es la más alta de todas las torres de las murallas de Dubrovnik, y a la que se vuelve tras rodear toda la ciudad. Desde su azotea se disfrutan de unas excelentes vistas panorámicas y los tejados rojos de la ciudad.

No hay que dar la vuelta entera a las murallas para salir de las mismas. No en vano hay una salida por el Fuerte de San Juan que nos lleva hasta el puerto antiguo. El camino es de callejuelas empedradas, con rincones llenos de encanto, y sorpresas en cada esquina. En lo alto del Fuerte hay un café donde se pueden tomar zumos naturales y refrescos, que nos vinieron fenomenal para hidratarnos porque el calor que hacia en las murallas era insoportable.

El Puerto Antiguo, se sitúa en el extremo oriental del casco antiguo, protegido por ambos flancos por las fortalezas Revelin y San Juan. En el Puerto hay algunos bares ideales para degustar los productos de la zona. Almorzamos, más tarde, en uno de ellos y degustamos una deliciosa ensalada de pulpo y una enorme y riquísima olla de mejillones al vapor.

Pero antes del almuerzo visitamos otros lugares de interés de la ciudad. La calle principal es la Placa, también llamada Stradun, y se llega al superar la zona amurallada desde cualquiera de las dos puertas. Si comenzamos desde la puerta Pile disfrutaremos de este paseo que se extiende hasta la famosa torre del reloj.
Se construyo en el siglo XII, momento en el que se decidió rellenar el canal que separaba Ragusa de la tierra firme, dando lugar a la actual calle, y lo que es más destacable históricamente, significó la unificación de Dubrovnik en un solo enclave.

Sus pulidos y brillantes adoquines que pisan miles de turistas al año, hacen que el disfrute del paseo sea aún mayor si cabe. La Placa cuenta con múltiples restaurantes, terrazas y tiendas donde podemos tomar algo o comprar algún recuerdo de la ciudad.      
La sorprendente homogeneidad arquitectónica de los edificios, junto a la hermosa simetría de sus fachadas, es debida en gran manera a la reconstrucción de la ciudad posterior a un gran terremoto que sufrió Dubrovnik a finales del siglo XVII.

Al comienzo de la calle Stradun se encuentra la Fuente Grande de San Onofrio, donde los visitantes y viajeros suelen refrescarse en sus chorros desde el s.XV.

El primer edificio importante que vemos en esta calle es el Monasterio Franciscano. Los oscuros claustros y la frondosa vegetación de este monasterio del s.XIV evocan el viejo Dubrovnik al igual que las fascinantes exposiciones que alberga en su interior.

El claustro románico del s. XIV, es obra de Mihoje Brajkov y destacan sus hermosas columnas pareadas. También es del s.XIV el Campanario rematado por una cúpula, y combina elementos góticos y románicos.

El Patio interior que rodea al claustro se encuentra decorado con frescos que narran la vida de San Francisco.

También se encuentra aquí una de las Farmacias más antiguas de Europa, aun en funcionamiento, cuya colección incluye medicamentos y farmacopeas desde el s.XV.

La iglesia de San Francisco, original del s. XIV, fue en su mayor parte destruida tras el terremoto de 1667. Los magníficos altares de mármol y el órgano rodeado de querubines son algunos de los elementos de la reconstrucción del s. XVIII. Sí es del s. XIV el pórtico sur que esta coronado por una imponente Piedad de Petar y Leonardo Petrovic.

Alberga también el Monasterio un precioso museo de arte religioso y otras interesantes piezas que merece la pena visitar. También es muy valiosa la Biblioteca del monasterio que contiene más de 1.200 manuscritos desde la Baja Edad Media. La mayor colección de este tipo de toda Croacia.

Continuando nuestro paseo por la Stradun, llegamos hasta el Palacio del Gobernador de Dubrovnik, uno de los más hermosos edificios de Dubrovnik. En el siglo XV fue reconstruido siguiendo una mezcolanza de los estilos góticos y renacentistas, seguramente a causa de las 2 explosiones que acontecieron en este siglo, y al gran terremoto de 1667 después del cual el palacio se vio gravemente deteriorado, y que desembocó en una nueva reforma que le dio un estilo barroco. Tiene una hermosa galería con soportales y capiteles esculpidos que adornan bellamente la misma. El patio interno del Palacio del Gobernador mezcla todos los estilos y exhibe una bonita arcada Renacentista en tres de sus lados y en el cuarto lado esta una gran escalera que va hasta la galería. En la primera planta del edificio se encontraban los aposentos privados del rector. Hoy en día dichos cuartos son parte del museo y albergan una pequeña Pinacoteca con trabajos de pintores locales e italianos del siglo XVI. Además se exhibe una amplia colección de las monedas, sellos y medidas empleadas en la República de Ragusa.

Curiosa la historia del personaje representado en una estatua en el atrio del palacio, la Estatua de Miho Pracat, realizada en el s. XVII por Piero Paolo. Representa a un naviero de la isla de Lopud, que murió sin herederos y dejó toda su fortuna y riquezas a la República de Ragusa.

Una inscripción en lo alto de la escalera recordaba a cada gobernador su deber en concentrarse en los asuntos públicos y civiles, y no en sus intereses personales. En la sala bajo la inscripción hay una colección de palanquines del s. XVIII que reflejan la opulencia de la aristocracia urbana. Otras salas reflejan la vida del gobernador, como su dormitorio. También destaca por su elegancia la del Despacho en la que hay una figura bastante inexpresiva que representa al gobernador resolviendo asuntos de Estado.

En el exterior la Logia gótica decorada con hermosas tallas se construyó con mármol de la isla de Korcula. Entre las columnas y capiteles góticos hay tres de estilo renacentista. Junto al Palacio del Gobernador pasa casi desapercibida la Fuente Pequeña de San Onofrio, hermana pequeña de la gran fuente que hay al principio de la Stradun, y que data del s.XV.

Otro edificio remarcable es el Palacio Sponza. Obra maestra (1506-1522) DEL ARQUITECTO Pasjij Milicevic, fue uno de los pocos edificios que sobrevivió el terremoto de 1667. Su exterior luce una combinación de arquitectura gótica y renacentista. Destacan las elaboradas ventanas góticas de la primera planta, el claustro gótico y los magníficos trabajos en piedra de los hermanos Nikola y Josip Andrijic, incluida la imagen de San Blas que mira hacia el Stradun desde la segunda planta.

Una inscripción “Tengo prohibido engañar y usar medidas falsas, y cuando peso mercancías, me estoy pesando ante Dios”, revela el antiguo uso de este palacio como Aduana y Casa de la Moneda. Hoy en día alberga los Archivos Estatales y el Museo de los Defensores de Dubrovnik.

Justo al lado se encuentra la impresionante Torre del Reloj del s. XV. Estamos en la Plaza de Luza que es donde termina la Stradun. Las dos campanas que hoy luce son copias restauradas en 1929. Las originales están en el palacio Sponza. Junto a ella la bandera de Dubrovnik, “Libertas”. Las enormes murallas de Dubrovnik explican en parte los siglos de independencia que disfrutó la República de Ragusa, en una época en la que venecianos y turcos luchaban por los territorios del Adriático. El mismo Maquiavelo habría aplaudido a sus dirigentes por lograr enfrentar a diversas potencias, utilizando las abundantes reservas de oro de la ciudad cuando lo demás resultaba fallido. La palabra que ondeaba en su bandera era ·”Libertas”, Libertad. El lema de la ciudad.

Después de visitar todos estos monumentos almorzamos y nos dirigimos hacia el hotel a descansar, que falta nos hacia porque a parte de las caminatas el calor que hizo en este día en Dubrovnik fue tremendo. ¡Que dura es la vida del Turista viajero!.

Una vez recuperadas las fuerzas, tomada una reparadora ducha, cambiados de ropa, guapos y arreglados regresamos a la ciudad vieja, para conocer la Dubrovnik nocturna. La ciudad en estas horas se encuentra llena de turistas que buscan una terraza o restaurante para cenar, y que se detienen a escuchar las melodías de los numerosos artistas y músicos callejeros que se reparten por la ciudad. Nos dirigimos nuevamente a la Plaza de Luza, donde reparamos en la estatua de un caballero medieval que adorna la plaza en el centro de la misma.

Se trata de la Columna de Orlando, y está rodeada de gran misterio. Algunos afirman que se trata de un legendario caballero que salvó la ciudad de Dubrovnik al derrotar a los piratas en el s. VIII. Justo detrás se encuentra la Iglesia de San Blas, en su interior una estatua de San Blas sostiene una maqueta de la ciudad que muestra su aspecto antes del terremoto de 1667.

En una plaza al final de una gran escalera se encuentra la Iglesia de San Ignacio, enorme iglesia jesuita del s. XVIII, con bellos transpantojos en su interior. Cerca de aquí es donde habíamos decidido cenar, en el restaurante Kamenice, que habíamos leído que ofrecía muy buen pescado. Sin embargo, la cola para esperar mesa era interminable y decidimos buscar otro sitio.

Por tanto, hubo que buscar otro sitio. Escogimos uno que se encontraba en un enclave inmejorable, frente a la Catedral barroca erigida por artistas italianos después del terremoto de 1667, en sustitución de una románica que según la tradición fundó el mismísimo Ricardo Corazón de León, en agradecimiento por haber salvado la vida en una tormenta que lo llevó a la Isla de Lokrum . El restaurante que se sitúa sobre unas escalinatas posee una agradable terraza con veladores en la plaza de la catedral y habíamos reparado en él durante nuestro paseo diurno.

Cenamos, como no podía ser de otro modo pescado, algo así como lubina, acompañado de una ensalada de un delicioso aceite de oliva, oleolivo, que amablemente nos ofreció el propietario del restaurante, sin pedírselo, al advertir nuestra condición de “italianos”, porque en Croacia a los españoles nos suelen confundir siempre con italianos. Se ve que viajamos poco por allí, sobre todo por libre, como nosotros, sin viajes de agencia organizados.

Y con esta cena se acabo nuestro día de visita a la “Perla del Adriático”. Ciudad que tiene bien ganado su apelativo, como también se deduce de la ingente cantidad de turistas que pueblan sus calles, llamados por la justísima fama que la precede. Recorrimos de vuelta las ya casi desiertas callejuelas de la ciudad vieja, admirando la belleza de sus edificios iluminados, con la satisfacción de haber visitado un lugar único y el deseo de poder volver otra vez.

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